pesadillas de un hombre rana

Alfonso Suárez en su ya intensa carrera viene haciendo performance desde 1982. Ha usado su cuerpo como  el principal objeto y sujeto argumental. Se interesó inicialmente por la historia del arte y luego por íconos  de la cultura popular. Sus acciones han sido registradas a tráves de fotos y con estas estampas, el  documento de su trabajo inmediato y fugaz.

En sus eventos Alfonso Suárez se ha metamorfoseado, encontrando en el personaje y sus gestos el parecido necesario para convencer con su imagen. Visitas y Apariciones 1993, formulaba el milagro de Jose Gregorio Hernández, cuya presencia el artista imitaba para mucha sorpresa de los diversos espectadores. Ahora su imagen se metamorfosea en Hombre Rana, un performance y objetos donde la imagen del artista apunta hacia la vida animal como señal ecológica y parodiando la apariencia de esa incertidumbre. El retrato simulado. El autorretrato disfrazado.

Miguel Gonzalez, 1994
Curador
Museo de Arte Moderno La Tertulia
Cali

ALFONSO SUÁREZ “ARTISTA DEL CUERPO”
Por: Leo Castillo

El arte puede ser accidental. No rigurosamente un resultado preestablecido, al que se llega antes de partir. Podemos invertir el orden. La obra simultánea o anterior a la idea. La idea como resultado de la conjunción objeto – espectador, y en esta, finalmente el arte.

Alfonso Suárez es un niño sin grillos ni barreras. Juega libremente con los elementos, y en este espacio lúdico de su trabajo, los objetos (imágenes reales, ideales y oníricas) entran al choque y conjuran universos de sugerencias inagotables.

En la serie El hombre – rana, sufrimos una trasposición de papeles, un desdoblamiento en donde el espectador es raptado de su mirador, atraído en el interior de las cajas para terminar convertido él mismo en la obra. De esta suerte se desvirtúa la solución de continuidad, el camino o valla que separa al espectador de la obra, y el espectador es la obra, se ve a sí mismo, y sus desplazamientos en el espacio, sus cambios de perspectivas significacionales experimentan y efectúan elongaciones, metamorfosis en la obra observada que lo ve a él también.

No abordamos ni somos reclamados por tratados ideológicos ni políticos. Asuntos como la violencia, el aislamiento del hombre contemporáneo, la soledad del espíritu sensible en un mundo rígido, son reverberaciones dimanadas y en dialogo. No nos vemos constreñidos por ponencias o postulados que nos demandan «tomar partido». La moraleja es libre, y el espectador encuentra lo que trae, lo que es antes de leer la obra y durante su lectura.

Láminas, fotografías, cajas, diversos objetos, pero también y muy especialmente mediante el empleo de su cuerpo mismo como lenguaje que lo transporta fuera del espacio convencional y nos lo trae trasfigurado. Alfonso Suárez, al mostrarse en tantas facetas, pone su misma vida en escena. La impresionante presencia escénica del performer, nos retrotrae hasta nosotros mismos, exhumando imágenes persistentes, tabúes, mitos, iconos de la cultura popular y de nuestra estructura ideológica o de las profundidades síquicas. El inconsciente colectivo, el imaginario popular, las paradojas del tejido social como laboratorio de historias idílicas, épicas, cómicas o trágicas. Alfonso se desata y rebasa los límites de todo cuanto apeste a uni-dimensionalidad utilitaria, a doctrina encasilladora.

Vivimos en un mundo expuesto a todos los desmanes del poder. Un mundo frágil 100 x 100. De ahí que el artista se expone en una como indefensión clavado al madero y susceptible a toda flagelación. Esto es el hombre contemporáneo. Una criatura sin garantías, sin privacidad, casi sin destino propio.

Desde esta perspectiva no convencional, no es de extrañar que Alfonso no haya sido asimilado por la cultura chatarra que consume lo que halaga sin pudor al público. Al no prostituirse como baratija promovida por el servilismo mercantilista, nuestro artista es un alquimista que trabaja con una entrega suicida un arte cuya sensibilidad sólo puede convocar espíritus libres de la monotonía, la rutina de un país que se arrodilla para recibir el golpe de gracia de verdugo. Esta retrospectiva que abarca un cuarto de siglo de trabajo organizado, es una parte de la vida de un artista que lo era en privado, desde niño, cuando se desdoblaba gozando su alter-ego femenino en el baño a escondidas, fisgoneando el rito de los adultos, jugando con la milagrería de los baúles desde su niñez en La Villa de Santa Cruz de Mompox.

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